5VECES SHOGUN INFLAMABLE

5VECES SHOGUN INFLAMABLE

Comenta José Óscar López

JO Lopez¿De qué tratan estas miniaturas de Salvador Luis? Para empezar, ¿son cuentos, cuando se nos hurta en todas alguna clase de desenlace? ¿O los extraños, sutiles pasadizos que parecen unir las distintas piezas apuntan hacia una fragmentada y desquiciada nouvelle?

Uno empieza a leer y se encuentra con un antropófago que da instrucciones para cortar y conservar orejas mientras escucha a los Carpenters, o experimentos con gatos embotellados, para demostrar… ¿el qué, la soledad de las parejas? Y hay conversaciones entre parejas cuyos miembros se desdoblan hasta el infinito para mutar en el resto de los personajes de este libro, de apenas noventa páginas, pero páginas como cuchillas, afiladas para cortar: un tintinófilo se viste de Hernández y hace que su mujer se vista de Fernández; una escultora moldea senos y miembros viriles con pasta de ortodoncista; representantes de empresas de confección a medida llaman a tu puerta para contarte que encuentran similitudes entre tu jardín y las pinturas de El Bosco; hijos que reciben, por tradición familiar, un taladro como regalo por su octavo cumpleaños…

En el punto medio imposible entre la euforia pop de Rodrigo Fresán y la esquizofrenia iluminadora de Mario Bellatin, Shogun inflamable encuentra la oreja que perdió David Lynch y la multiplica y jibariza para darle forma de pequeños ready-made literarios.


Comenta Eduardo Varas

eduardo varasSi un cuento es un universo, Shogun inflamable responde a la idea de los multiversos. Un ser se come a otro; personajes tratan de comprender la extensión completa de la crueldad hacia otros seres vivos; alguien deja de ser Martin Scorsese —travestido en Robert De Niro haciendo de Travis Bickle— y se vuelve Alfred Hitchcock; Mark David Chapman confunde tiempos y momentos antes de salir al encuentro con Lennon.

[…] En Shogun inflamable lo que importa es la sensación de vértigo, porque los relatos (algunos cortos) abarcan más de lo que cuentan, dan vueltas, reverberan en uno cuando la lectura ha terminado. Estos cuentos están en sincronía con lo que nos sucede alrededor, colocan monstruos en entramados cercanos a quienes estamos familiarizados con lo digital.

[…] La literatura de Salvador Luis juega, reformula y reconstruye constantemente los mismos espacios que ha creado. Es también una literatura a la que le gusta circunvalar, sorprender con una palabra que parece fuera de lugar y que nos exige retroceder nuestros pasos para reconocer cuándo cayó la lluvia que cambió el estado de las cosas.


Comenta Raquel Jimeno Revilla

rjAl asomarse a los cuentos de Shogun inflamable, uno tiene la sensación de estar husmeando acciones, perversiones, obsesiones. Los personajes de esta suerte de freak show se saben observados y regalan al lector-fisgón todo un paseo por los insanos e incitantes leit motiv que, en el fondo, son el subyacente pan nuestro de cada día: estigmas sociales que se transforman en refinadas filias y fobias; cortazarianos experimentos que rayan la locura para mantener la cordura; violentos ritos mistéricos en nombre de sacrosantas rockstars; infinita perversidad latente bajo alegres y entusiastas catálogos publicitarios… cómo no, con la panoplia de las redes sociales, presididas por San Google, como espejo y catalizador perfecto de la neurosis colectiva.

Y de todo ello, Salvador Luis sólo nos deja atisbar pasajes, fragmentos que se quedan flotando en el cerebro y se ramifican creando extraños nexos, como los personajes que pueblan estas visiones, arrastrados por la fractalidad de sus obsesiones, o como los intrincados jardines de las delicias que planta para nosotros, en los que no pocas de las flores muerden. Así, El Bosco y Kurt Cobain, Siouxsie & the Banshees y Hergé, George Romero y Woody Allen conviven en feliz y orgiástica armonía dentro de esta colección de pequeños y concentrados delirios, en los que la precisión milimétrica no quita lo punk. Y de fondo, la omnipresente risa sardónica, de gato de Cheshire, en la que Salvador es un maestro. Sin dramas. Tan sólo siéntense y disfruten del espectáculo.


Comenta Félix Zamora Gómez

Felix Zamora GomezEl Shogun inflamable, y en concreto la suculenta historia de Froilán el antropófago —que según mi teoría no es más que un generoso trasunto de nuestro querido Salvador Luis—, me ha traído a la memoria el tierno día en que, comiendo en casa de una buena amiga de la infancia y contando con apenas diez años, la madre de la susodicha me sirvió un buen plato de fabada que contenía unos jugosos pedacitos de oreja de cerdo. Lo más importante de este juego de evocación infantil es que me ha obligado a recordar la minuciosa demostración práctica llevada a cabo por la señora de cómo se debía disfrutar tal cartilaginoso manjar.

El único problema con la lectura del Shogun inflamable —además del pequeño detalle de hacerme recordar tal costumbrista escena— es que ha abierto la puerta a la terrible posibilidad de que quizás la madre de mi querida amiga del párvulo sea uno de esos antropófagos artistas de los que habla Salvador y qué, para más inri, mi apacible ciudad enmarcada en un cierto lugar de la Mancha (algo que es verídico) sea la sede no sólo de una conspiración caníbal, sino también de samuráis home-made, entes tecnológicos post singularidad y polimorfos, amén de parejas con ciertos problemas de desdoblamiento.

Lo cierto es que la mencionada lectura de Shogun inflamable ha convertido mis tranquilas vacaciones de verano en un sinvivir que ataca sin piedad toda la normalidad que pueda contener mi pueblo. Y es que esa es la clave de la escritura de nuestro querido autor, la de desmenuzar y convertir en amenazantes elementos hasta el más anodino e íntimo aspecto de lo cotidiano.


Comenta Carlos Fonseca

Con la sutil ironía del Kafka de “Informe para una Academia” y un juicioso humor subterráneo, los cuentos de Shogun inflamable subvierten la seriedad del mundo, sugiriendo en el camino que tal vez el único acto verdaderamente serio en este mundo de locos sea echarse a reír.

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